14 agosto 2008

El alcalde de mi pueblo tiene mucha ilustración

Ayer, en Estados Unidos, un tipo normal se presentó en la sede del partido demócrata de Arkansas. Tras solicitar ser recibido por el presidente, accedió a su despacho y le descerrajó tres disparos, que le ocasionaron la muerte.

Después, el propio atacante fallecía abatido por los disparos de la policía. Ahora investigan los motivos que pudieron llevar a este sujeto a matar al presidente del partido demócrata. Esto nos da lugar a alguna reflexión.

Evidentemente, cuando aparece un cadaver en su domicilio desvalijado, los motivos son claros: le han matado para robarle.

Cuando aparece el cadaver de un mafioso siciliano en una trattoria en Nápoles, está claro que su muerte obedece a alguna lucha de poder entre familias.

Cuando aparece el cadaver de un narcotraficante, seguro que se lo ha cargado un cliente para robarle, o un proveedor que se sentía estafado.

Etc, etc.

En cambio, en el caso que nos ocupa, no se conocen los motivos. ¿Por qué? Pues sencillamente, porque cuando aparece el cadaver de un político, son tantos los motivos que han podido llevar a cualquiera a cargárselo, que es y será imposible (más en este caso que el asesino ha muerto) determinarlos con seguridad. Vivimos en un mundo en el que para ser médico, por supuesto hay que estudiar medicina; para ser arquitecto, arquitectura; para ser abogado, derecho; para ser carretillero, tener el carné; para conducir un coche, tener el carné; para ser funcionario, pasar una oposición;...

En cambio, para ser, por ejemplo, concejal en el ayuntamiento de tu ciudad, basta con caerle bien al que señala con el dedo en tu partido (ni siquiera te piden antigüedad).

Así tenemos nuestras instituciones llenas de mentecatos, y es normal (no digo correcto, digo normal) que, de vez en cuando, a un paisano se le hinchen las pelotas, agarre la escopeta y entre en el consistorio pegando tiros, en plan Puerto Urraco.


Siempre recordaré lo que sucedió hace ya unos años en Suiza, donde nunca pasa nada y todos son más civilizados que el copón. Un buen día, un ciudadano entró al ayuntamiento de Ginebra con una recortada y se cargó a seis o siete, incluido el alcalde. Como la policía de allí es un poco menos bestia que la americana, éste no murió, y pudo explicar que todo se debía a una multa injusta, recurrida y vuelta a recurrir, que el ayuntamiento se empeñaba en cobrar, a pesar de que todos le reconocían que era injusta. Pues eso, normal.



A ver si aquí también cuela.

1 comentario:

AntiTodo dijo...

Totalmente de acuerdo.