15 septiembre 2014

La derecha ha perdido el juicio (y por supuesto, la vergüenza)

Yo podría ser de derechas. Me explico. Quiero decir que puedo ponerme en la piel de un ciudadano de, por ejemplo, Kansas City, con un empleo medio, bien remunerado y más o menos estable. Felizmente casado con Kathy y dos hijos, Matt y Lisa. Un perro llamado Paddy y un gato llamado Mr. Socks. Yo conduciría un gran todoterreno, y Kathy un monovolumen, que aparcaríamos en la rampa de acceso al garaje de nuestra casa, ya que el garaje en sí lo tenemos ocupado con unas máquinas de fitness y un pequeño espacio donde yo me dedico a mi hobby, el bricolaje.


En ese caso, seguro, pensaría que pago demasiados impuestos, y que el gobierno además, los malgasta. Pensaría que si bien hay servicios y prestaciones sociales que funcionan y han sido un gran avance para mi país, hay otros que no funcionan y habría que eliminarlos, y otros que funcionan mal y habría que "re-pensarlos". Pensaría que el gobierno tiene demasiado peso en la vida de las personas, y que interviene demasiado en la economía. Pensaría que probablemente hay por ahí empresas que gustosamente prestarían los servicios que presta el gobierno, y lo harían mejor y a un coste menor. Pensaría que si yo he llegado a tener una buena vida sólo con el fruto de mi trabajo, la gran mayoría debería ser capaz de hacer lo mismo.

Pero todo esto, claro, es una fantasía. Si será una fantasía que hasta para poder imaginar a un señor de derechas normal, he tenido que situarla en otro país, y otro continente. Y viene a cuento porque hoy (ayer) tuve el gusto de conocer a un señor de derechas. Muy de derechas. De esos orgullosos que llevaban bajo el brazo el ABC envuelto en la portada de La Gaceta, cuando aun existía.


Este señor es un muy prestigioso economista (de hecho no diré su nombre, por lo muy conocido que es), de esos que ha publicado muchos más libros de los que ha leído. Por supuesto en todos los idiomas del mundo libre. Tiene doctorados en todas las universidades cuyos nombres conocemos, y premios en esas y unas cuantas más. Ha asesorado a ministros (de aquí y de allá), pero él siempre se ha mantenido en un discreto segundo plano (que es lo que hacen los listos). El caso es que él conversaba con otra persona, mientras yo estaba presente, y me ha hecho partícipe de la conversación (en plan, "tú chaval! No te parece a ti que tal o cual?", como si mi casi blanca barba no mostrase que quizá una vez fui un chaval, pero ya no tanto). Como rodeándose de gente de este tipo siempre se aprende algo, hoy (ayer) he aprendido mucho acerca del "Anarcocapitalismo". Al parecer, este señor, ha escrito un par de tratados al respecto (y le han premiado por ello). Él se declara anarcocapitalista, que dicho por él mismo, vendría a ser un ultra liberal. "Pero ultra liberal de verdad, eh, no como Esperanza Aguirre".


El anarcocapitalismo aboga por la eliminación más absoluta del gobierno, cediendo TODAS sus competencias a la iniciativa privada, incluyendo la justicia, la seguridad ciudadana, e incluso la defensa. De este modo, habría una especie de ETTs de jueces, adonde acudirían los ciudadanos que tienen un litigio, contratarían a uno y éste dictaría sentencia, en base a la justicia, y no a la ley. Lo único importante en el anarcocapitalismo es la propiedad privada y la integridad física de las personas. Es decir, sólo habría dos prohibiciones, y por extensión dos (o tres) leyes: Prohibido robar, y prohibido agredir y/o matar.

Se podrían introducir matices como el fraude o la estafa, pero a grandes rasgos, eso sería todo. De este modo, los individuos serían realmente libres y podrían prosperar basándose en su esfuerzo particular. De este modo, la igualdad de oportunidades, dicen, está garantizada. Por último, rizando el rizo, en una sociedad anarcocapitalista también podrían existir propiedades colectivas, siempre que no sean estatales (?). Así, si un grupo de personas utilizan como suyo, por ejemplo, un lago para pescar, no estaría permitido que un ciudadano decidiese cobrar un peaje por su uso, e incluso si ese grupo de personas deciden contratar servicios de mantenimiento del lago colectivamente, también entraría en la lógica anarcocapitalista.

Supongo que ya veis por dónde van los tiros.

Resulta que primero nos cargamos el estado para vivir todos de manera individual. Después nos damos cuenta de que algunas cosas son más fáciles, o más baratas, si se hacen de manera colectiva. Supongo que después nos daríamos cuenta de que un colectivo mayor aun las hará más fáciles y constituiremos tal o cual asociación (en la clandestinidad, porque estarían prohibidas, pero existir, existirán). Después, decidiríamos que ya que todos los de la asociación somos del mismo pueblo, mejor crear un ayuntamiento, y para que no tengamos que estar todos dedicando nuestro tiempo a solucionar los problemas de todos, lo mejor sería elegir un grupo de representantes que se encarguen de hacerlo. Y para que estén obligados a hacerlo razonablemente bien, estableceríamos que cada cuatro años, todos los habitantes del pueblo decidirán si siguen los mismos, o se pone a otros. Y así sucesivamente.

Luego les sueltas algo acerca del marxismo o la lucha de clases y te llaman antiguo. A mi esto me suena más a neolítico o por ahí.

Bien, todo lo del penúltimo párrafo lo vi hace unos días en un episodio de "Padre de familia". Hoy (ayer) he descubierto el anarcocapitalismo. Sin duda, una de esas casualidades cósmicas que demuestran que en efecto, la realidad siempre supera a la ficción.

1 comentario:

hermes dijo...

ya me dirás quien es entre caña y caña! aunque voy a ir haciendo apuestas!!

obedeciendoordenes.blogspot.com